Por Jesús Gerardo Rodríguez Flores.
Sociedad Astronómica de la Laguna, A.C.
Cada inicio de año el patrón vuelve a repetirse. Y no me refiero a las tradicionales supersticiones o “rituales” – como muchos los llaman – que se realizan en el año viejo para obtener todo tipo de bondades. Por ejemplo el que deba usar calzones rojos para obtener salud, dinero o amor me causa simpatía, y por supuesto le aumenta las ventas a los fabricantes de lencería carmesí. O aquellos que, no contentos con hacer rituales dentro de sus casas, salen a la calle con sus maletas y vuelven a entrar a su hogar con la creencia de que con ello tienen la certeza de realizar viajes en el flamante año. No, a ninguno de esos patrones me refiero. Lo cierto es que para casi todo mundo el fin de un año y el inicio de otro parece una frontera psicológica difícil de dejar escapar. Incluidos los medios de comunicación. Y para allá va mi presente anécdota.
Ocurrió hace algunos años que una cadena de
televisión local me invitó a participar en el noticiero que iban a grabar para
la edición de año nuevo. Me citaron para el día 31 de diciembre, pues el
programa era transmitido de manera diferida. Según me comentó por teléfono el
coordinador del programa la intención era entrevistarme al respecto del año
nuevo. “Por supuesto, cuenten conmigo”, le dije y empecé a prepararme con
cierta información que podía ser de interés para el auditorio. Principalmente
los eventos astronómicos que nos esperaban el nuevo año, e incluso algunos
detalles históricos sobre el origen de nuestros calendarios, así como la razón
por la cual cada cuatro años teníamos un año bisiesto.
Bajo esa premisa asistí al canal de televisión
y aguardé mi turno en la sala contigua al estudio. Casi de inmediato empezaron
a llegar otros entrevistados invitados, y como yo había llegado con demasiado
anticipación algunos de ellos ingresaron a la entrevista antes que un servidor.
Mientras continuaba la espera, me di cuenta que algunos de los asistentes
lucían atuendos o adornos un poco fuera de lo común del individuo de la calle:
medallones, collares de cuarzo o ropas con curiosos bordados. Al cabo de un
rato apareció un asistente del noticiero y empezó a hacerme algo de
conversación. Claramente preguntó por mi: “¿de la Sociedad Astronómica de la
Laguna?”. “Así es”, asentí. Fue
entonces cuanto me preguntó mi opinión sobre las predicciones de la astrología para
el año nuevo. Por lo regular ante esas cuestiones no puedo resistir la
tentación de hacer mis comentarios llenos de humor irónico y mordaz. Así pues, mientras comentaba de cómo
los astrólogos se hacían bolas con sus predicciones y a nada le atinaban, aquel
asistente de producción parecía destornillarse de la risa junto conmigo. Sin
embargo en una de esas ocasiones que giré para observar a mis otros
acompañantes en la sala, algunos tenían algunas caras más largas de lo que yo
recordaba antes de iniciar mi conversación.
La verdad me pareció como si un
gigantesco bloque de hielo me estuviera separando de ellos, tan frió y
duro como el humor que parecían tener aquellas personas. Sin embargo no tuve
mucho tiempo para seguir desconcertado pues casi de inmediato me invitaron a
pasar al estudio para la entrevista.
Una vez con el micrófono colocado en la
camisa y siguiendo las indicaciones del jefe de piso me preparé para entrar al
aire. Entramos a la entrevista y la conductora del noticiero me presentó y
lanzó la pregunta que me dejo helado: “y dígame ingeniero: ¿que nos pronostican
los astros para el nuevo año?”
¡Bolas! Desconozco si mi expresión se torno
en una cara comiquísima ante los televidentes pero puedo jurar que mi frente se
arrugó, las cejas se elevaron y mis fosas nasales seguramente se dilataron. En
ese momento comprendí lo que ocurría: a algún auxiliar de producción le
solicitaron la asistencia de algún astrólogo para la entrevista y, revisando la
agenda de la televisora se topó con mi teléfono. ¡No supo cual era la diferencia entre un astrónomo y un
astrólogo¡ “¡Que bruto!” dije para mis
adentros y dedicándoselo a aquel individuo anónimo que me había metido en tan
bochornosa situación. “¿A caso me creen
un clón de Walter Mercado, lanzando barajitas del Tarot y con cabello
oxigenado, capa y mas anillos en cada mano o qué?”, pensé.
Y no era la primera vez que alguien casi me
pedía su horóscopo y carta astral. Lamentablemente ese es un patrón demasiado
común. Estamos acostumbrados al termino etimológico “logos” que significa en
latín “tratado o ciencia de...”, así por ejemplo tenemos biología que es la
ciencia de los seres vivos, o psicología que es la ciencia del estudio de la
psique o mente humana. Por lo mismo muchos asocian que la ciencia que se
encarga del estudio de los astros deberá ser la “astrología”. Pero la verdad no
es así. Es la “astronomía” la que se encarga del estudio científico de los
astros, mientras la astrología solamente es una creencia en que los astros
rigen nuestros destinos, lo cual está más que probado que no es cierto. Hubo un
tiempo en que ambas corrientes estuvieron unidas en una sola disciplina que era estudiada por los sabios de milenios
atrás, pero cuando se vislumbró que los astros en nada tenían que ver con
nuestro destino dichas materias sufrieron un divorcio irreconciliable. Y al
igual que en los divorcios, al definir cual disciplina quedaría con el nombre,
fue la creencia en la influencia de los astros que se quedó con el privilegio
de seguir conociéndose como “astrología”, mientras los sabios que continuaron
fieles al conocimiento científico y al estudio de la física del universo
recibieron el nombre de “astrónomos”.
Esa era, pues, la incomoda situación en la
cual me había quedado. Preguntándome sobre las predicciones astrológicas del
año 2000, con dos conductores de televisión esperando mi contestación, y sin
olvidar, para acabarla de amolar, a quien sabe cuantos miles de televidentes
que verían la entrevista en sus casas al día siguiente. A Dios gracias, la
experiencia me ha enseñado a como salir de situaciones semejantes, y lo primero
que se me ocurrió responder respecto que nos presagiaban los astros fue:
“¡nada!”
Por fortuna con el tiempo y la experiencia
aprende uno a reponerse a ese tipo de singulares circunstancias, y me avoqué a
convertir ese revés en una ventaja para mi causa. Por supuesto mi respuesta de
“nada” hizo que, en esta ocasión, la entrevistadora transformara su rostro en
autentica perplejidad. Casi de inmediato comenté que “los astros nada
pronostican por el simple hecho de que no son ellos quienes rigen nuestro
destino, sino nuestro libre albedrío”.
Durante mucho tiempo, la llegada de un año
nuevo desencadena todo tipo de inquietudes a los seres humanos. Inquietudes que
tienen que ver con el futuro inmediato. Y esta hambre de certidumbre es la que
da lugar a la búsqueda de contestaciones en el terreno de las disciplinas
adivinatorias. Y aquí hablo de toda la diversidad: astrólogos, numerologos,
cabalistas, videntes y charlatanes. Así es como a inicios de año las
publicaciones dirigidas predominantemente a las mujeres, o aquellos medios del
espectáculo publican sus predicciones para el año. Casi ninguna publicación o
diario se resiste a la tentación de hacerlo. Sin embargo, seamos sinceros.
Cuando leemos dichos pronósticos ¿realmente creemos que se van a realizar? La
verdad es que dentro de nuestro propio ser ni siquiera lo tomamos en serio,
pero nos encanta imaginar “que pasaría si...”
Ahora bien. Iniciamos un nuevo año. ¿Alguien
se acuerda de las predicciones hechas para el año pasado? ¿Alguien sabe cuantas
se cumplieron? Les propongo un ejercicio interesante: busquen una revista de
espectáculos, o investiguen en una
hemeroteca la edición de nuestro periódico predilecto, busquemos las publicaciones
que correspondan a inicios del año anterior y repasemos cuales de dichos
pronósticos se cumplieron. Lamentablemente, esta es la única manera de
averiguar el grado de confiabilidad que tienen este tipo de futurólogos, pues
ni las revistas ni los diarios publican los resultados de las predicciones del
año que ha concluido. Recientemente, la editorial “La Razón” de España realizó
una investigación orientada a descubrir el porcentaje de acierto de las
predicciones de inicios de año. El resultado fue muy interesante: los videntes
no dan una. Tan solo el 15% de las predicciones realizadas se cumplió, aunque
cabe reconocer que muchos de los vaticinios acertados eran sumamente
previsibles. Puedo apostar que si nosotros, sin ninguno de los “carismas, dones
o facultades extrasensoriales” que se atribuyen los videntes escribiéramos
nuestras propias previsiones, lograríamos un porcentaje mas exitoso. Mientras
revisaba los resultados de los investigadores del editorial de “La Razón”, leí
un dato harto interesante: el antiguo testamento menciona que “el profeta que
yerra una profecía es digno de muerte”. Si se aplicara esta máxima bíblica en
nuestra época, sin lugar a dudas nos quedaríamos sin “videntes”.
Mientras los reporteros tienen la obligación
ética de reconocer el error o imprecisión de sus publicaciones, los videntes
parecen ajenos a una conducta semejante. Su predicciones fallidas son de
inmediato olvidadas y solamente sus predicciones acertadas son publicitadas. En
otras palabras se cumple el dicho que ilustra que “el éxito tiene muchos padres
pero el fracaso es huérfano”. Todo vidente trata de que se olviden sus
predicciones erradas y se engrandece en las acertadas, hasta cierto punto esto
es muy humano. Lo que si resulta el colmo del descaro es cuando el vidente se
atribuye el éxito de pronosticar importantes acontecimientos de nuestro mundo,
pero ciertamente nadie recuerda en su momento que haya emitido dicho
pronostico. Recuerdo que hace un par de años, un presunto vidente o astrólogo
que aparecía en la televisión matutina de México se presentaba como el “vidente
que pronosticó la caída de las Torres Gemelas de Nueva York”. ¿Alguien
recordaba en que momento hizo dicho pronostico? Nadie.
También en Estados Unidos las principal
sociedad promotora del escepticismo y combate a las corrientes irracionales,
CSICOP, desenmascaró a un vidente que se publicitaba como el único dotado que
había pronosticado la catástrofe del transbordador Columbia. Como prueba de su
acierto, el vidente anunciaba que su profecía aún podía consultarse en su
pagina de internet y que podía verificarse que hacia sido publicada a inicios
de enero del 2003. Sin embargo, cuando los miembros de CSICOP, con ayuda de
especialistas en servidores de internet lograron verificar la fecha autentica
del archivo, encontraron que era de mediados de febrero, mientras la
desintegración del transbordador espacial había ocurrido el 1º de febrero del
2003. ¡Que tranzas!
Por un lado los videntes buscan olvidar sus
numerosos fracasos, y por otro buscan anotarse aciertos ficticios. Pero
adicionalmente también hay otras causas por las cuales podrían fallar sus
predicciones de inicio de año. Una de ellas es precisamente ese inicio. En la
actualidad estamos acostumbrados a que el año inicia el primero de enero. Sin
embargo, hace siglos nuestro calendario occidental iniciaba en otra fecha, tal
vez más correcta: el equinoccio de primavera. Sin embargo esto cambio al entrar
en vigor el calendario juliano, apoyado por Julio Cesar en los últimos años
anteriores a nuestra era. Así el inicio de año pasó de finales de marzo al
primer plenilunio posterior al solsticio de invierno, esto es el inicio del mes
de enero. Por supuesto otras culturas también tienen sus propios calendarios e
inicios de año distintos al arranque del año occidental. Por ejemplo el año
chino inicia con la segunda luna nueva posterior al solsticio de invierno, y
los calendarios hindú o judío presentan sus propios criterios de inicios de
año.
Y así como existen distintos inicios de año
para el calendario de cada cultura, igualmente cada calendario lleva su propia
cuenta de los años. Para los occidentales podremos estar ingresando al año
2004, pero este numero no representa actualmente nada para otros calendarios
como el chino o el judío que llevan una cuenta más antigua. Para la cultura
judía la cuenta de los años inicia con el génesis, por lo cual según sus muy
particulares creencias vamos en el año 5764. Mientras tanto, los musulmanes
iniciaron la numeración de su propio calendario a partir de acontecimientos
trascendentales en la vida del profeta Mahoma y de la religión islámica. Por lo
cual apenas llevan unos cuantos centenares de años en su cuenta calendárica, el
año 1424 de la hégira. Los chinos van en el 4643 y los hindúes en el 1925.
Obvio que esto manda al traste lo intentos predictivos de algunos videntes como
serian los astrólogos y numerólogos que basan sus técnicas adivinatorias en
base a números y sus presuntos significados.
En vista de todos estos hechos mencionados
creo que quedan claros varios puntos. En primer lugar lo único confiable de un
año, es su concepto: “es el tiempo que tarda nuestro planeta en completar una
orbita alrededor del Sol”. Pero adicional a ello, el inicio del año, e incluso
la numeración de cada uno de los calendarios han sido criterios fijados por
nosotros como civilización. Estos datos son totalmente arbitrarios, y los
valores arbitrarios no ayudan en nada a métodos predictivos numéricos, para
tragedia de los numerólogos y los astrólogos.
En segundo termino, aun suponiendo que esto
no fuera un obstáculo, aun podemos cuestionar el grado de acierto de las
predicciones de los videntes. Ninguna disciplina adivinatoria puede ganar
prestigio – si ello es posible – por el hecho de lanzar con “bombo y platillo”
predicciones para luego olvidarlas sin un estudio serio de su precisión. Las labores predictivas de los interesados
en dichos eventos se basan en dos posibilidades, métodos de adivinación o
presuntas habilidades extrasensoriales. Sin embargo siguen fallando
compulsivamente en ambas. Un malísimo antecedente para algo a lo cual quieren
atribuirle aires de seriedad.
Jesús Gerardo Rodríguez Flores.
MegaCosmos. Tu guía al Universo.